domingo

Victoria.







Cuando estés vieja, gris y soñolienta me llevas a comer helado? Juliana Hernandez
Perdida entre cobijas y remedios, Victoria se está consumiendo. Su belleza se esfuma detrás de las arrugas que azotan su cuerpo. Recordé por entonces, esas vacaciones en las que ella, acompañada del novio de turno apenas si se asomaba por la casa, derrochaba el dinero en bacanales inolvidables y bailaba toda la noche sin importar el cansancio. También recuerdo cuando se reía a carcajadas para mostrar su perfecta sonrisa y como su belleza atraía una suerte de pretendientes de todos los estratos, era la reina del momento. Desde pequeño me figuré como un estorbo para su desenfrenada vida, yo era uno de los tantos errores que cometía, y no faltó oportunidad para que me recordara ese detalle.
30 años después apenas si puede vivir sin mi; sus juergas ahora se limitan a escuchar la música de antaño mientras mira por la ventana. Sus grandes ojos se pierden en la inmensidad de sus recuerdos y de vez en cuando su sonrisa se dibuja en su rostro. La Victoria de largas piernas y caderas prominentes reposa en casa en una perpetua silla de ruedas; sus largos cabellos, que se sacudían de lado a lado cuando caminaba, se colorean ahora de un blanco penetrante. Atrás quedo su grosería, su arrogancia, sus ganas de vivir, ahora apenas si se aferra a la idea de verme en sus visitas y probar ese helado que tanto le gusta.

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