Mistral.
Recorrió el pasillo con el resultado en sus manos. No lo abrió sino hasta llegar a la puerta. Resbaló por la pared, respiró y no quiso perder la cordura
Sentada estaba cuando él le prometió ayudar. Parado estaba él cuando ella se lo contó. Él perdió la cordura.
Saludo a lo lejos y se tocó e vientre. No habría la posibilidad de eso. Respiró profundo. No entró, prefirió ir a casa.
La madre le repetía. Ya se lo habían dicho. Con solo 17, ¿porqué?
Meses más adelante, crecía y se hacia evidente. La ropa ancha era innecesaria, todos lo sabíamos.
Él perdió contacto. Ella no quiso perder la cordura.
Todo era diferente ahora, ya no le interesaba lo de antes. Algo en ella estaba germinando.
Sangró. Se había adelantado la llegada, mucha sangre. Se complicó todo. Fue por cesaría. Los gritos trajeron emoción. Las lágrimas brotaron.
Quisimos verla, no fue posible. Complicaciones, más sangre, algo pasó.
Era un niño de especial cuidado. Tratamientos y medicinas se necesitaría. Ella no perdió la cordura.
Trabajos duros y en suma humillantes tuvo que resistir ella para procurarle un futuro.
Bastardos por el mundo: sin padres ella, sin papá él. Los amigos estábamos allí pero no era suficiente.
Jardín, primaria, bachillerato, técnico. Dinero, medicinas, trabajo duro. No perdieron la cordura.
Creció tan rápido que no se dio cuenta de las arrugas que estaban abrazando su rostro. Él estaba por partir.
Él supo de algo, un trabajo. Mientras que ella aprendió eso de rezar.
Un lunes empacó la maleta y salió por la puerta antes que amaneciera. Volvería en las vacaciones, llamaría cada semana. Le regalaría con frecuencia medias y sacos. La oscuridad arreciaba.
Con rezos y rodillas peladas ella llenó su día. Llegó una llamada.
Después de tan largo viaje, él volvió. Esta vez estaba rígido y sumamente frio. Casi no retorna.
Ella perdió la cordura.
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